Otakus en Chile: La democratización de un gusto
Maximiliano Lagos
Loreto Paillacar
Vicente Guzmán
Victoria Á. Morgan
Evolución de los openings anime entre 1963-2016
Es 1963 y en Japón nace el niño que
revolucionaría la cultura (y el mercado) nipón. Un chico androide de poderes
inimaginables, creado por el jefe del Ministerio de Ciencias para sustituir a
su hijo muerto. Este niño, Astro Boy, sería el protagonista del
primer anime de la historia que sería serializado de forma continua y con un
argumento cuidadosamente diseñado.
Cartel publicitario de Astro Boy (1963)
La palabra anime proviene de la abreviación de animēshon, traducción japonesa de la palabra animation, animación. Aunque otros creen que es una palabra de origen francés. Lo importante es que actualmente es la forma popular de llamar a todo producto animado del país nipón.
Su inicio se remonta a 1907, con Katsudo Shashin, una cinta de tres segundos con 50 fotogramas, que muestra a un joven con traje de marinero. Luego, en 1917, aparecieron los llamados padres del anime: los artistas Ōten Shimokawa, Seitarou Kitayama y Junichi Kouchi, creadores de películas antiquísimas de animación. Pero no sería hasta Astro Boy que cambiaría la industria con la creación de una trama, un argumento y una serialización.
Japón jamás se habría esperado el impacto universal que provocarían sus productos culturales. Un nivel de reproducción inimaginable, que ni las grandes hegemonías universales han conseguido. Se crearon géneros para todas las edades y gustos, se variaron los estilos y se hicieron productos asociados: peluches, muñecos, lápices, carteras, poleras, pósters, etc.
Como toda expansión, llegan los grupos de fans. Los otaku. Personas con excesiva obsesión hacia algo: ya sea videojuegos, series, películas, grupos de música, etc. Y claro, anime. Pronto, al menos para los extranjeros, esta palabra vendría a significar un fanatismo exclusivo hacia la animación nipona.
Su inicio se remonta a 1907, con Katsudo Shashin, una cinta de tres segundos con 50 fotogramas, que muestra a un joven con traje de marinero. Luego, en 1917, aparecieron los llamados padres del anime: los artistas Ōten Shimokawa, Seitarou Kitayama y Junichi Kouchi, creadores de películas antiquísimas de animación. Pero no sería hasta Astro Boy que cambiaría la industria con la creación de una trama, un argumento y una serialización.
Japón jamás se habría esperado el impacto universal que provocarían sus productos culturales. Un nivel de reproducción inimaginable, que ni las grandes hegemonías universales han conseguido. Se crearon géneros para todas las edades y gustos, se variaron los estilos y se hicieron productos asociados: peluches, muñecos, lápices, carteras, poleras, pósters, etc.
Como toda expansión, llegan los grupos de fans. Los otaku. Personas con excesiva obsesión hacia algo: ya sea videojuegos, series, películas, grupos de música, etc. Y claro, anime. Pronto, al menos para los extranjeros, esta palabra vendría a significar un fanatismo exclusivo hacia la animación nipona.
Jacqueline Herrera, teórica del arte: "En Chile el animé generó un corte en la cultura misógina", en El Mostrador (09/06/2018)
Su llegada a Chile
Son finales de los años 70 en Chile y la estructura del mercado se transforma. Estamos pasando a un neoliberalismo que marcaría a una nueva sociedad del deseo. El escenario político restringe las libertades, las y los jóvenes buscan nuevas realidades en las cuales vivir, que los alejen de la dictadura acérrima de Augusto Pinochet. Así lo explica Fyto Manga, experto y académico del Centro de Estudios Integrales de Japón (CEIJA).
El anime que llegó por esos años, no fue ni por asomo transgresor. Replicaba los valores familiares, una estructura obediente, sumisa, que se buscaba en las familias chilenas. Llegaron rollos envasados de Heidi, Marco y Candy Candy. Niños inocentes, compasivos y amables. En ese entonces, el canal de la Universidad Católica de Valparaíso, UCV3, comenzó su transmisión, que impactó de inmediato en la audiencia: atraía la cotidianeidad, la identificación con los personajes, generalmente niños y jóvenes con problemas del día a día.
Heidi (1974) y Marco (1976)
El impacto fue tal, que los demás canales comenzaron su replicación. De allí que se empezaron a traer distintos tipos de animes que empezaron a variar los contenidos, entre ellos ya no eran solo los que representaban valores moralmente correctos, sino que aquellos que podrían apelar a una mayor demografía juvenil, como lo era Mazinger Z, Robotech o Los Caballeros del Zodiaco. Hombres (o bien robots) heroicos, con enemigos que buscaban sus cabezas.
Exhibición de la revista Shonen Jump, especial de 1980
Más tarde, en 1990, fueron canales como Chilevisión y Mega los que comenzaron a mostrar animes que se harían icónicos y que fomentaron su consumo en miles de niños y adultos, como era el caso de los Caballeros del Zodiaco, Pokémon y Dragon Ball. El sociólogo y doctor en Ciencias de la Información de la Comunicación, Rafael del Villar, explica lo que ocurrió por esos años.
A diferencia de los Estados Unidos donde, en su mayoría, se privilegian las historias de superhéroes, en Japón, se trabaja con tramas algo más complejas y transgresoras. Por ejemplo, el desnudo es un recurso de consumo que no se considera tabú, incluso en series infantiles o adolescentes. Temáticas como la pedofilia y el incesto se fetichizan, y son incorporadas en la animación como si fueran algo natural. Si bien estos elementos no forman parte necesariamente de la cultura japonesa, se entiende que los animes son trabajos de ficción, al igual que los videojuegos, y que deben ser consumidos como tal: no son ejemplos a seguir. Al respecto, el Doctor en Filosofía, mención en Estética y Teoría del Arte, Carlos Ossa, explica que en parte el rechazo al anime en Chile se debió a la supuesta “erotización escandalosa” que generaba en los jóvenes.
A diferencia de los Estados Unidos donde, en su mayoría, se privilegian las historias de superhéroes, en Japón, se trabaja con tramas algo más complejas y transgresoras. Por ejemplo, el desnudo es un recurso de consumo que no se considera tabú, incluso en series infantiles o adolescentes. Temáticas como la pedofilia y el incesto se fetichizan, y son incorporadas en la animación como si fueran algo natural. Si bien estos elementos no forman parte necesariamente de la cultura japonesa, se entiende que los animes son trabajos de ficción, al igual que los videojuegos, y que deben ser consumidos como tal: no son ejemplos a seguir. Al respecto, el Doctor en Filosofía, mención en Estética y Teoría del Arte, Carlos Ossa, explica que en parte el rechazo al anime en Chile se debió a la supuesta “erotización escandalosa” que generaba en los jóvenes.
Serena, protagonista adolescente de Sailor Moon
En nuestro país, a principios del 2000, los aficionados al anime se fueron reuniendo y generando los grupos llamados otakus. Sin embargo, no sería hasta 2013 que los medios de comunicación comenzaron a cubrir a esta tribu urbana. Lo llamativo es que se les empezó a considerar como personas extrañas, antisociales y hasta violentas. Por ejemplo, en el matinal Mañaneros de La Red, hicieron una nota que se titula Otakus causan pánico en Talcahuano solamente por bromas que adolescentes realizaban ese año.
¿Son los otaku una tribu violenta?, La Red (27/05/2013)
A la vez, aparte del desconocimiento y estereotipación de los otakus mostrada en los medios, con el surgimiento de las primeras redes sociales comenzó una fuerte ridiculización a este grupo, ya que pasaron a ser considerados como seres “extraños”, marginados de la sociedad. De hecho, a mitad de los 2000, muchos animes fueron puestos en horarios de adulto o simplemente borrados de la programación. Etc, canal icónico de anime, llegó al punto de transmitir programas educativos infantiles. Carlos Ossa explica que los cambios tecnológicos ayudaron a que grupos otakus fueron identificados como los “distintos”.
Aceptación del anime y los otakus
Pero el anime dejó de estar en ese espacio marginal de nuestro país una vez que llegó al cine. Con películas como Dragon Ball Z: La Batalla de los Dioses (2013), Los Caballeros del Zodiaco: La leyenda del santuario (2014) o El Niño y la Bestia (2015), se comprobó el gran arrastre del anime en el país.
“Chile es como un país extraño en ese sentido. El anime en Chile tiene mucho mayor público de lo que tiene en Argentina que es un país tres veces más grande que el nuestro. Y el único país comparable es Perú, pero ahí existe una barrera del idioma”, asegura el Jefe Marketing de Diamond Films Chile, José Manuel Álvarez, que importa las películas a Chile. Hoy en día son cada vez más los filmes anime que llegan al cine, la última de gran éxito fue Dragon Ball Super: Broly (2018) el segundo mejor estreno de una película animada después de Minions (2015) en toda la historia nacional, con 360 mil espectadores en solo los primeros cuatro días (ver gráfico 1).
Aceptación del anime y los otakus
Pero el anime dejó de estar en ese espacio marginal de nuestro país una vez que llegó al cine. Con películas como Dragon Ball Z: La Batalla de los Dioses (2013), Los Caballeros del Zodiaco: La leyenda del santuario (2014) o El Niño y la Bestia (2015), se comprobó el gran arrastre del anime en el país.
“Chile es como un país extraño en ese sentido. El anime en Chile tiene mucho mayor público de lo que tiene en Argentina que es un país tres veces más grande que el nuestro. Y el único país comparable es Perú, pero ahí existe una barrera del idioma”, asegura el Jefe Marketing de Diamond Films Chile, José Manuel Álvarez, que importa las películas a Chile. Hoy en día son cada vez más los filmes anime que llegan al cine, la última de gran éxito fue Dragon Ball Super: Broly (2018) el segundo mejor estreno de una película animada después de Minions (2015) en toda la historia nacional, con 360 mil espectadores en solo los primeros cuatro días (ver gráfico 1).
Gráfico 1
La película generó tanta expectativa en el país que hasta sacaron una tarjeta Bip promocionando la película.
Antiguamente, el otaku fue reprimido y era visto como algo vergonzoso por los mismos grupos que se automarginaban, explica Rafael del Villar.
En los últimos años, los otakus en Chile, lejos de esconder y estar al margen de la sociedad, se han insertado incluso en la política nacional. En 2019, un grupo de Facebook chileno, Brigada Otaku Antifascista, se dedicó a expandir mensajes en contra del fascismo, a través de memes protagonizados por personajes de anime. En su fanpage oficial, acumulan más de 30 mil likes y cerca de 13 mil seguidores en Instagram. En esta comunidad, el humor es lo que predomina, sin importar lo sensible que sea el tema de fondo. También los recientes eventos masivos, como la Anime Expo Summer (14 mil personas el 2019) y la Comic-Con (50 mil asistentes este año), son muestra de que los otakus ya han sido incluidos y aceptados en la sociedad de manera natural. De hecho, gracias a las plataformas de streaming, el anime se ha movido a públicos antes inalcanzables. A los eventos ya no solo asisten fanáticos, sino personas que disfrutan de un par de series que encontraron en sus recomendaciones. Grupos gigantes incluso se reúnen de manera masiva para ver ciertos animes, como ocurrió en el caso del final de la serie Dragon Ball Super.
Las nuevas tecnologías han permitido que toda la gente pueda acceder a estos productos surgidos en Japón y con ello, su consumo y fanatización correspondiente. De hecho, hoy en día ver anime ha sido normalizado y transparentado por sus aficionados, algo que hace dos o tres años no ocurría.
Aggretsuko es uno de los contenidos propios producidos por Netflix.
Japón en nuestro día a día
Existen algunas dudas con respecto al real motivo por el que algo proveniente de una cultura tan distinta como la japonesa ha influido tanto en nuestro país. Pero una de las razones que explican los expertos es que es el anime es un tipo de dibujo que no va dirigido exclusivamente a niños sino que abarca un público heterogéneo. En Japón, el cómic (manga) y los dibujos animados apuntan a un espectro amplio, mujeres, adultos, niños, etc. Además, Carlos Ossa explica que la popularidad del anime en gran parte se debe gracias a las nuevas tecnologías.
Detrás del anime y los videojuegos hay un proyecto de Japón a nivel mundial que busca promover y expandir su cultura al resto del mundo. Prueba de ello es que las mascotas de los próximos Juegos Olímpicos de Tokio 2020 sean inspirados en el anime, es decir, son la imágenes que muestran de ellos mismos al resto del mundo.
Miraitowa (izquierda) y Someity (derecha)
Jacqueline Herrera, teórica del arte: "En Chile el animé generó un corte en la cultura misógina", en El Mostrador (09/06/2018)
| Publicaciones Brigada Otaku Antifascista |
Reacción de las personas al ver Dragon Ball Super
‘ “Enter the Anime”, el documental de Netflix que todo otaku y amante de la cultura japonesa debiera ver’. (Chilevisión, 08/08/2019)
El cambio de mentalidad se ha visto también a través de la prensa. Antiguamente se demonizaba al grupo otaku, hoy hasta se hacen recomendaciones por estos medios para la gente afín. El mercado se ha abierto a un mundo cosmopolita, diverso y mixto. Nos alcanza a todas y todos: no le conviene que se prohíban productos, sino que lleguen a todo el mundo. Se adapta a nosotros, a lo que nos gusta o lo que nos puede llegar a gustar.
Comentarios
Publicar un comentario